La gira de Gerardo Fernández Noroña por la Montaña Alta y la Costa Chica pasó sin brillo y sin rumbo claro. Quienes esperaban un mensaje contundente o al menos una razón convincente para su visita se quedaron esperando… y aún siguen así. Lo único evidente fue la incomodidad social que generó su presencia, pues la memoria colectiva del “pueblo bueno” —esa que él suele citar— no olvida tan fácil como él aparenta hacerlo.
Y es que la lista de episodios que han marcado la carrera del político es lo bastante amplia como para entender el desánimo ciudadano. Basta recordar:
Sus viajes en aviones privados, tan austeros como una cena de gala.
Un estilo de vida que nada tiene que ver con el discurso que presume la 4T.
El pleito con Alejandro Moreno Cárdenas al salir de una sesión del Senado de la República que terminó más viral que cualquier iniciativa legislativa reciente.
La famosa residencia en Tepoztlán, valuada en 12 millones de pesos, que lo dejó atrapado en sus propias contradicciones.
Los constantes insultos hacia Lilly Téllez que ya parecen más rutina que debate político.
Con este historial, la pregunta que muchos se hicieron fue inevitable: ¿a qué vino exactamente? Porque si la intención era sumar simpatías, el resultado fue todo lo contrario. Nada nuevo, considerando que el propio Fernández Noroña suele ser el principal generador de sus tormentas.
Aun así, seguramente habrá quien le aplauda para quedar bien, fingiendo que todo lo anterior es irrelevante. Pero en #Guerrero, al menos esta vez, no hubo espacio para simulaciones.
De pena ajena… y sin novedad política.
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